sábado, 28 de julio de 2012

El amor.



En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con curiosidad. Era raro lo que tenían entre las piernas.


-¿Te han cortado? -preguntó el hombre.


-No -dijo ella-. Siempre he sido así.


El la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta. Dijo:


-No comas yuca, ni plátanos, ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo te curaré. Echate en la hamaca y descansa.


Ella obedeció. Con paciencia tragó los menjunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reírse, cuando él le decía:


-No te preocupes.


El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en una hamaca. La memoria de las frutas le hacía agua la boca.


Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:


-¡Lo encontré! ¡Lo encontré!


Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.


-Es así -dijo el hombre, aproximándose a la mujer.


Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió el aire. De los cuerpos, que yacían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamás vistos, y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.


(De "Memoria del fuego/Los nacimientos")


Eduardo Galeano
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